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24 octobre 2005

La verdad y su ausencia

par Fernando Butazzoni

 

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No es cierto que el predominio de la mentira sea tan viejo como el mundo. Hubo un tiempo en el que la verdad pugnó y ganó, y prevaleció. Se instaló en el seno de la vida social, de las familias y de la gente, y fue simple y rotunda : una siembra, un jarro de vino, una canción, aquella boda, el viaje, esos hijos. De ahí venimos.

Hace unos días el gobierno de Estados Unidos dio formalmente por concluida la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak. La falta de verdad, en ese caso, fue un agujero en la información que recibía el público. Ese agujero debió ser agrandado cada día, para que en él pudieran caber los mísiles lanzados por las fuerzas de ocupación sobre las ciudades iraquíes, las decenas de miles de civiles muertos en la invasión, los miles de soldados estadounidenses muertos o reventados en el camino de Bagdad. Del desierto de Babilonia a las planicies de Arkansas hay tantas millas como mentiras. Y habrá tantas mentiras como bolsas negras de plástico.

Pero el patrimonio de esa ausencia de verdad no es sólo del gobierno de Estados Unidos. En general, se puede decir que las sociedades contemporáneas funcionan con una dosis de mentira imprescindible, una especie de aditivo adictivo sin el cual nadie se siente del todo capaz de enfrentar la luz de cada día, sus angustias.

La argentina es una sociedad en la cual se ha entronizado la mentira. Esas tetas que usted está viendo, no son verdad. Ese llanto por los chicos que se mueren de hambre en el norte, tampoco. Esos discursos, esos goles, esa pasión bailantera, en fin, esa vida es mentira. ¡Despierte, amigo ! Y la sociedad chilena acoge cada mañana la ausencia de verdades con los brazos abiertos. Cuando Pinochet fue dejado en libertad el otro día, tras pagar una fianza de 3.500 dólares, Chile respiró aliviado. Por un momento ese país flaquito y doliente había padecido el síndrome de abstinencia : la verdad amenazaba con quedarse. Y en Brasil la verdad (y su ausencia) termina por ser un dolor que se convierte en chiste : "Agora é mula", se dice en San Pablo.

Los países sí, claro. Pero también las instituciones tienen poco apego a la verdad. Las fuerzas armadas son paradigmáticas en ese sentido. Si para Bob Woodward la verdad en el periodismo era apenas lo que él sabía a la hora del cierre, para un general latinoamericano es todo aquello que no pueda escribirse en su orden del día. Es conocida la petición de un subalterno para dirigirse a un superior en caso de tener que discutir algún asunto : "Permiso para hablar con franqueza", dice el tipo. Y el otro tipo, el jefe, lo autoriza a hablar con franqueza o no. Y si lo autoriza, cosa poco frecuente, entonces el subalterno dice lo que piensa.

Pero no sólo las fuerzas armadas han ensalzado la mentira, acogiéndola en su seno como los huevos del alien que terminará por devorarlo todo. Otras instituciones muy respetables han hecho lo propio. Las universidades, por ejemplo. En muchas de ellas, en buena parte del mundo, hay porciones de mentira y ausencia de verdad que han ganado terreno de forma dramática, y que se expresan a través de elaboradas formas del discurso conservador, con exclusiones y fraudes a granel. Son miles las investigaciones en todos los ámbitos del conocimiento (arquitectura, astronomía, botánica, física, medicina, bioética, literatura, por citar sólo algunos) que han resultado ser gigantescas mentiras, en muchos casos apañadas por las propias autoridades académicas a través de resoluciones laberínticas o de silencios oprobiosos.

Ahora mismo hay varios laboratorios de poder mundial que enfrentan demandas y juicios multimillonarios por culpa de medicamentos fabricados por ellos que no han resultado beneficiosos para las personas, sino todo lo contrario. ¿Qué ha ocurrido ? En casi todos los casos, los protocolos de investigación han sido distorsionados o directamente falseados por los científicos. Y, como solía preguntarnos Mary Brittos, mi maestra de sexto año : "¿Dónde aprenden ustedes esas porquerías ?".

El mismo panorama desolador se vive en el ámbito de las artes y las letras. Plagios y plagios de plagios, conspiraciones y engaños, dinero por debajo de la mesa. Hay premios arreglados, y premiados que se dejan arreglar gustosos. En Londres un escultor se hizo célebre cuando se descubrió que sus cuerpos de bronce, expuestos en una galería, eran vaciados en moldes auténticos : cadáveres comprados de manera ilegal en la morgue judicial. Nunca antes fue tan pertinente la discusión entre forma y contenido.

No he mencionado a Uruguay, ni a la sociedad uruguaya, ni a sus instituciones, ni sus actividades. Y no lo he hecho porque conozco episodios que reafirman cada una de las cosas arriba señaladas en el caso uruguayo en particular. El hecho es que, en ese sentido, no nos apartamos de la norma : nuestro país y su gente actúan como casi todos los países y toda la gente de las sociedades civilizadas.

En los otros países, dicen, la gente actúa distinto. Las sociedades que no son civilizadas siguen llamándole al pan pan y al vino vino. Claro que son sociedades primitivas, con pocos automóviles, sin televisión, con sistemas democráticos imperfectos o directamente inexistentes, con creencias que los colocan fuera de los circuitos modernizadores (me refiero a planes educativos, planes de saneamiento, planes de vivienda, planes electorales de democratización, planes de planificación) y de la acción salvadora y experta (en salvaciones) de los organismos internacionales de crédito, ya sean el BID, el Banco Mundial, el Fondo Monetario o el gobierno chino.

Acaso en esas exclusiones, en esa marginalidad, radique el secreto. Quizás, después de todo, la verdad no resista tanta energía civilizatoria, tanta ciencia al servicio del dinero. Tanto ruido. Puede ser ; no es más que una hipótesis ; que la verdad necesite cierto reposo, ausente ahora en Occidente. Al fin y al cabo, todos sabemos que decir "la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad" no es decir la verdad sino, apenas, una parte. Pues ella yace en sí misma y en su ausencia.

Brecha. Uruguay, 21 de enero de 2005.

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