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29 de noviembre de 2018

La indecencia de una ilusoria neutralidad

 

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« he comprendido que aquí nadie es inocente.
La indiferencia tiene las manos empapadas de sangre »
Keny Arkana

« Mantenerse neutral frente a la injusticia
es elegir el campo del opresor »
Desmond Tutu

« Los lugares más sombríos del infierno
están reservados para los indecisos que se mantienen neutrales »
Cita apócrifa, recogida por Dan Brown


En estos tiempos perturbados por desastres socioecológicos, mientras la guerra continua devastando innumerables lugares del planeta, que la deforestación continúa arrasando lo que queda de las selvas, que las diferentes contaminaciones generadas por la sociedad industrial envenenan el aire, el agua y el suelo de los que depende la trama viviente, que múltiples mecanismos coercitivos dividen y oprimen a las poblaciones humanas (racismo, sexismo, policía, Estado, conflictos de toda clase etc.) y no humanas (industrialización de la cría de ganado, crecimiento urbano descontrolado…) mientras crecen las desigualdades económicas – notamos no sin consternación – que algunas personas, habitantes de esta civilización industrial, aseguran ser neutrales. Es evidente, y desde sus puntos de vista desdichadamente, resulta ser algo tan falso como indecente.

Como decía Antonio Gramsci:

« Odio a los indiferentes, Creo como Friedrich Hebbel que “vivir significa es participar” No es posible que existan seres humanos ajenos a la ciudad. Quién vive en ella debe ser ciudadano y tomar partido. La indiferencia es abulia, parasitismo, dejadez, eso no es la vida. Es por eso que odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es el peso de plomo del innovador, es la materia inerte donde a menudo se ahogan los entusiasmos los más brillantes, es el estanque que rodea a la vieja ciudad y la defiende mucho más que los muros más sólidos, más que el pecho de sus guerreros, porque se traga en sus miasmas a los asaltantes, los descorazona y algunas veces los obliga a renunciar a sus heroicas empresas.

La indiferencia actúa con mucha fuerza en la historia. Actúa silenciosamente, pero actúa. Es su fatalidad: es aquello impredecible, es lo que altera los programas, la que trastoca los planes mejor concebidos; es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia a la que ahoga. Es la que produce el mal que se abate sobre todos nosotros, sobre el bien posible que un acto heroico (universalmente valioso) puede crear, no tanto debido a la iniciativa de algunos que actúan sino a la indiferencia, al ausentismo de muchos. Lo que sucede no sucede porque algunos quieren que se produzca sino por que la masa humana abdica frente a esa voluntad, « laissez faire », deja acumular los nudos que solo una espada podrá cortar, deja promulgar leyes que solo la rebelión derogar, deja acceder al poder a hombres que solo un amotinamiento podrá revertir.

La fatalidad que pareciera dominar la historia no es otra cosa justamente que la ilusoria apariencia de esa indiferencia, de ese ausentismo. Los hechos maduran en la sombra, algunas manos que nadie controla ni supervisa, tejen la trama de la vida colectiva y la masa lo ignora porque no siente ninguna preocupación. Los destinos de una época se hallan manipulados por visiones estrechas, por fines inmediatos, por ambiciones ya pasiones personales de pequeños grupos activos y que la mayoría de los hombres ignora, porque no se preocupa. Pero los hechos que maduran desembocan en algo: la trama tejida en las sombras se termina y entonces pareciera que es la fatalidad la que involucra a su paso a todos y todo, pareciera entonces que la historia no es otra cosa que un fenómeno natural, una erupción, un temblor de tierra del que somos víctimas, el que lo quiso y el que no, el que lo sabía y el que no, el que actuó y el indiferente. Y este último monta en cólera. Quisiera sustraerse a las consecuencias, querría que se viera claramente que el no lo quiso, que no es el responsable.

Algunos lloriquean lastimosamente, otros juran obscenamente, pero nadie o casi nadie se pregunta: ¿y si yo también hubiera cumplido con mi obligación? si hubiera intentado hacer valer mi opinión, mi consejo ¿habría sucedido esto? Pero nadie o casi nadie se siente culpable de su indiferencia, de su escepticismo, de no haber contribuido con sus brazos con su actividad con esos grupos de ciudadanos que precisamente para tratar de evitar ese mal, luchaban y se proponían lograr el bien.
Por el contrario, la mayor parte de ellos, ante los hechos sucedidos, prefiere hablar de ideales que se hunden, de programas que se derrumban definitivamente y otras lamentaciones del mismo tipo Y de ese modo buscan eludir toda responsabilidad. No es que no vean las cosas con claridad y que no sean capaces de contribuir con hermosas soluciones para los problemas más urgentes incluidos los que requieren una gran preparación y mucho tiempo. Pero, aunque bellas estas soluciones se mantienen improductivas y esas contribuciones a la vida colectiva carecen de brillo moral: son el producto de una curiosidad intelectual, no de un profundo sentido de responsabilidad histórica que necesita, en la vida, de las actividades de todos, que no admite ninguna forma de agnosticismo ni ninguna forma de indiferencia.

Odio también a los indiferentes porque me fatigan sus lloriqueos de eternos inocentes. Les pido a cada uno de ellos que rindan cuentas sobre la forma en que han cumplido los deberes que la vida les ha confiado y les confía diariamente, especialmente sobre lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer. Y siento que puedo ser inexorable, que no voy a desperdiciar mi piedad, que no compartiré mis lágrimas. Soy partícipe, vivo, siento en las conciencias viriles de mi lado, el batir de la actividad de la sociedad futura que mi paso está construyendo. Y en ella la cadena social no pesa solo sobre algunos, cada cosa que se produce no procede del azar, de la fatalidad, sino que es obra inteligente de los ciudadanos. No hay en ella nadie que se asome a la ventana para ver como algunos se sacrifica, desaparecen sacrificados; y el que permanece en la ventana, acechante quiere disfrutar del pequeño bienestar que produce la actividad de unos pocos y arroja su decepción sobre quién se ha sacrificado, a quién ha desaparecido porque no haber alcanzado el objetivo que se había propuesto.

Estoy vivo, resisto. Por eso odio a los que no resisten, es por eso por lo que odio a los indiferentes. »

Citemos igualmente con este objetivo al historiador militante. Howard Zinn

« Ya fuere como profesor o como escritor, a mí nunca me obsesionó la objetividad » no me ha parecido ni posible ni deseable. Comprendí desde muy temprano que lo que se nos presenta como la « historia » o la « actualidad » surge de una infinita cantidad de informaciones y que la selección realizada refleja las prioridades de quién la realiza. Los que pregonan la santidad de los hechos desde su pedestal no hacen otra cosa que imitar al pedante de « Tiempos difíciles » de Charles Dickens, el severo señor Gradgrind que exigía a sus alumnos que le presentaran « hechos, sólo hechos ».

Pero yo he comprendido que cada hecho presentado oculta un juicio, el que importaba poner en primer lugar – lo que por oposición implica que hay otros que se pueden dejar de lado. Y todo juicio de esa naturaleza refleja las creencias, los valores del historiador o de la historiadora, por más que pretendan ser objetivos. Fue para mí un gran alivio llegar a la conclusión de que es imposible excluir los juicios en el relato histórico porque ya había decidido no hacerlo nunca. Crecí en la pobreza, viví una guerra, observé la ignominia del odio racial: no iba a aparentar neutralidad. Como les digo a mis estudiantes al comenzar el curso: « Es imposible mantenerse neutral en un tren en marcha ». En otras palabras, el mundo está marchando en ciertas direcciones – algunas verdaderamente atroces. Hay niños que padecen hambre. Se libran guerras asesinas. Permanecer neutral en tal situación significa colaborar, La palabra « colaborador tuvo un funesto significado en la era nazi. Debería conservar ese sentido. Es por eso que dudo puedan encontrar en las páginas siguientes el menor sigo de « neutralidad ».

No existe una sola imagen cierta en una situación histórica, ni una sola y única descripción objetiva. Pero por una inversión irónica, la búsqueda de una objetividad imaginaria nos conduce a adoptar una forma de subjetividad particularmente regresiva., la quién pasa. Coexisten en la sociedad intereses diversos y antagónicos, lo que llamamos objetividad no es más que el disfraz de alguno de esos intereses – arropado de neutralidad. Pero en un mundo que no es neutro, la neutralidad es una ficción. Hay víctimas, verdugos, transeúntes. En la dinámica de nuestro tiempo donde las cabezas caen regularmente en el cadalso, la « verdad » evoluciona en función de la suerte que corre nuestra propia cabeza – y la pasividad del transeúnte es una invitación a permanecer pasivo mientras caen las demás cabezas, Recordemos al doctor Rieux en « La peste » de Camus: Digo simplemente que en esta tierra hay flujos y víctimas y que es necesario por lo tanto evitar los flujos todo lo posible. » No actuar es incorporarse al flujo.

Propongo abandonar nuestra habitual posición de observadores privilegiados. Mientras no renunciemos a esa actitud que amamos considerar objetiva seguiremos estando sicológicamente, admitiéndolo o no, más cerca del verdugo que de la víctima.

Y finalmente, Sophie Scholl :

« Los verdaderos daños derivan del hecho de que hay millones que solo quieren « sobrevivir », Esa gente que solo quiere que se la deje tranquila. La que no quiere que sus pobres vidas sean alteradas por el motivo que fuere. La que no tiene ni lugar ni causa. La que no desarrollará la capacidad de sus propias fuerzas por temor a enfrentarse con sus propias debilidades. La que no quiere hacer olas – ni generarse enemigos. Para quienes la libertad, el honor la verdad y los principios no son más que literatura. Los que viven apenas, forman pequeñas familias y mueren ignorados. Se trata de una visión reduccionista de la vida: si ustedes mantienen la discreción, tendrán todo bajo control. Si no alborotan, la « bruja » no vendrá. Pero solo se trata de una ilusión, porque también les llega a esas pequeñas gentes que encierran sus espíritus en pequeñas burbujas para sentirse protegidas ¿Sentirse protegidas? Pero ¿de qué? La vida está siempre custodiada por la muerte. Las rutas estrechas conducen al mismo lugar que las amplias avenidas y una llama pequeña se consume igual que una gran antorcha. Yo elijo mi propia forma de arder.

Le Partage, agosto de 2016

Traducido del francés para El Correo de la Diaspora por : Susana Merino

El Correo de la Diaspora. París, 29 de noviembre de 2018

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