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5 septembre 2005

Katrina pasa factura a la arrogancia yanqui. Pagan los pobres.

par Iván Restrepo

 

Katrina y el cobro de una factura : Nueva Orleáns

La prensa publica fotos que dicen más que mil palabras. Tres ejemplos : el presidente de la nación más poderosa de la Tierra está con niños en una escuelita y recibe como si nada la noticia del ataque suicida contra varios puntos emblemáticos de su país. En otra, ese mismo hombre, enfundado en traje del comandante en jefe del Ejército mejor armado del planeta, anuncia la destrucción de la tiranía de Saddam Hussein. El problema de Irak ha terminado, es tiempo de instaurar la democracia en aquel país. Unas imágenes más recientes lo muestran observando desde las alturas el desastre de Nueva Orleáns y, segundos después, descendiendo en la Base Andrew. Responde el saludo militar de rigor con dificultad, porque lleva en el brazo derecho a su perro. El poderoso personaje está serio, pues los destrozos de Katrina le echaron a perder sus vacaciones. Apenas duraron cinco semanas. El campeón del ocio debe trabajar.

Ya instalado en sus oficinas, el presidente Bush anuncia que enviará abundante ayuda a los miles de damnificados, pero advierte los efectos del huracán sobre las plataformas petroleras del Golfo de México y convoca a reconstruir lo que dañó la naturaleza. Nuevamente, como en el caso del 11 de septiembre y el fin del terrorismo, al derribar el régimen de Hussein, el señor Bush confunde a los actores de la tragedia. La de Nueva Orleáns y las ciudades y pueblos de la región costera fue anunciada hace más de medio siglo. No obedeció, como quieren hacer creer las autoridades del vecino país, a la fuerza destructora de la naturaleza expresada en un huracán grado 4. La culpa es de los políticos y los responsables de la planificación urbana y rural, cuyas decisiones convirtieron esa parte de Estados Unidos en zona vulnerable, en especial al agua.

Hace medio siglo, un grupo de expertos de varias universidades de Luisiana, Florida y Texas, documentaron fehacientemente el grave daño que la obra pública y privada estaba causando en la franja costera del Golfo de México, así como en los pantanos que durante miles de años formó la naturaleza. Advertían, por ejemplo, el error que se cometía al drenarlos, pues servían para que el agua fluyera normalmente hacia el mar. Eliminar esos brazos de comunicación acuática para impulsar diversas actividades económicas y extender los asentamientos humanos era un peligro porque cuando el agua fuera abundante buscaría sus viejos cauces y arrasaría con lo que el hombre los había remplazado.

Señalaban asimismo la urgencia de conservar los ecosistemas costeros, en especial los humedales, por ser la protección más efectiva contra los huracanes y regular la circulación del agua hacia el mar. Añadían que por muy sofisticadas que fueran las obras de ingeniería del hombre (muros altísimos, diques, sistemas de bombeo, controles vía satélites) el poder del agua y el viento las dejarían inservibles. Lo mejor entonces era respetar a la naturaleza, restaurar en lo posible los ecosistemas afectados por la acción del hombre, en especial las zonas pantanosas y los humedales costeros, y complementar lo anterior con una verdadera política de planificación urbana y agrícola.

También llamaban a restaurar la salud ambiental de la cuenca y el delta del río Mississippi, ejemplos de contaminación extrema. De lo propuesto, nada se hizo, ya que esa administración ha velado por la protección de los intereses de los grupos que se enriquecen especulando con la tierra, la construcción de áreas residenciales en sitios frágiles y la extracción desmedida de petróleo y gas, así que siguió la ocupación irresponsable del territorio y la destrucción de ecosistemas e inclusive se redujo el presupuesto para reforzar las defensas de Nueva Orleáns ante posibles inundaciones.

Mientras se desconoce el número de víctimas y comienza el recuento de los daños ocasionados por la irresponsabilidad humana, resalta la impotencia del gobierno de Bush para enfrentar la tragedia. La misma que mostró el 11 de septiembre y el día que se anunció, falsamente, la victoria sobre el Mal cuando el ejército estadunidense ocupó Bagdad.

La naturaleza no olvida : escoge tiempo y lugar para cobrar muy caro el daño que le hacemos : en Asia se cobró con el tsunami y a Estados Unidos le extendió una costosa factura firmada por Katrina .

La Jornada, Lunes 5 de septiembre de 2005

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