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23 de junio de 2020

El patrimonio cultural negativo de la humanidad

por Eugenio Raúl Zaffaroni*

 

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Escrutar el patrimonio cultural negativo de la humanidad en esta hora, y dentro de él la experiencia terrorífica del nazismo, es absolutamente inevitable, como fuente inagotable de advertencias para el futuro.

A los seres humanos nos quedan pulsiones, no instintos. Freud tenía razón en este punto. Algunos biólogos observaron que nacemos en estado fetal y en nuestros primeros meses continuamos creciendo a ritmo fetal, lo que nos permite desarrollar la cultura, o sea, que tenemos una etapa de feto social. La cultura es lo que ha permitido las maravillas de la humanidad.

Nuestro narcisismo nos hizo creer que somos el centro del universo, y nos sentimos heridos cuando alguien nos reveló que girábamos alrededor del sol y no a la inversa, cuando otro puso de manifiesto que tenemos antepasados antropoides y, mucho más cuando otro nos explicó que teníamos un inconsciente.

Por eso, por nuestro narcisismo, también nos fijamos siempre en las maravillas humanas, las hacemos patrimonio cultural, pero reparamos mucho menos en los crímenes de la humanidad, es decir, en el patrimonio cultural negativo de nuestra especie.

Y las maravillas de la humanidad hacen que la tecnología avance, y con ella también las posibilidades de destrucción, de crímenes más atroces que los anteriores, lo que humanamente nos impone el deber de tratar de preverlos y evitarlos, lo que no es nada fácil, puesto que no es verdad que la historia se repite, porque jamás se repite, sino que se continúa.

Para tratar de atisbar el futuro en forma preventiva no podemos menos que recoger la experiencia del pasado, tratando de bucear en el patrimonio negativo de la humanidad, para llevar a cabo la dificilísima tarea de discriminar los signos que pueden ser constantes y separarlos de los circunstanciales.

Esa tarea indispensable tanto práctica como éticamente, obliga a poner especial atención en los episodios más atroces del patrimonio cultural negativo y, en particular, en los que presentan mayor riqueza de horror y de signos reconocibles.

A ese patrimonio cultural negativo, por desgracia, pertenecen muchos genocidios y masacres, cada uno de ellos con un dolor que es propio y exclusivo de las víctimas, pero el horror, la enormidad, la atrocidad, esas son de la humanidad, no sólo porque las víctimas fueron seres humanos como nosotros, sino – fundamentalmente- porque también lo fueron los victimarios.

Fijar la atención sobre el nazismo y sus crímenes es indispensable para quien se proponga la empresa de atisbar el futuro con fines preventivos, por la enorme riqueza de datos significativos que tuvo.

Por supuesto que cada atrocidad es diferente, ojalá se presentaran siempre igual, porque sería sencillo prevenirlas. Es obvio que en el futuro no vendrá anunciándose con camisas pardas ni nada se puede comparar con ese pasado.

Pero el nazismo ofrece demasiados signos que es necesario indagar si no son constantes, porque sintetizó aberraciones que en los previos crímenes de la humanidad aparecían aisladas.

Un recorrido por el patrimonio cultural negativo de la humanidad permite verificar que la criminalidad nazi sintetizó todo lo que otros habían inventado, no tuvo nada de creativo: el racismo y el reduccionismo biologista era paradigma dominante en su tiempo; el antisemitismo era europeo y los antidreyfusianos lo habían reavivado; la persecución de gitanos y gays se pierde en el tiempo; la ley del más fuerte era spenceriana [Herbert Spencer]; el trabajo esclavo era propio del colonialismo; el odio nacionalista confundido con el racismo superior estaba en el libro de cabecera del Kaiser; el exterminio lo habían ensayado muchos y los propios alemanes con los hereros; la moderna tecnología de exterminio la proporcionaba la industria.

Lo original de los nazis en modo alguno fue su creatividad sino, por un lado, su brutalidad inconmensurable, la falta total de límites y escrúpulos con que llevó a la práctica y al extremo todo eso, con inexorable perversidad sin precedentes, al punto de aplicar la máxima racionalidad funcional moderna en la fabricación de cadáveres, es decir que lo original fue que presentó juntas todas las características que los otros crímenes ofrecen por separado.

Por otro lado, hay algo también original en los nazis y en que se repara poco, pero quienes nos dedicamos a las cuestiones jurídicas no podemos pasarlo por alto: es la extrema neutralización de valores y racionalizaciones. Hubo muchos otros crímenes horripilantes, pero a ninguno se lo intentó racionalizar con la fineza y elaboración de éste, en particular por los juristas. Quien se asome a estas racionalizaciones esperpénticas, no podrá menos que quedar alerta para siempre frente a cualquier elaboración de la que sospeche que está ocultando algo, en especial cuando tenga la seria intuición de que ese algo puede ser siniestro.

Semejante destructividad incalificable fue propia de un tiempo, es verdad, pero fue obra de seres humanos como nosotros y no vale el negacionismo del Sonderweg, del camino especial y, por ende, irrepetible. Ese racismo al revés no hace más que neutralizar la riquísima fuente de experiencia cultural negativa que tuvo esa aberración. Nada se repetirá, por supuesto, pero nada vacuna tampoco a la humanidad de nuevos horrores y, a falta de vacuna, por lo menos debemos hurgar en el pasado para intentar detectar los primeros síntomas.

La referencia a la mayor atrocidad y a su increíble esfuerzo de racionalización o de neutralización de valores es absolutamente inevitable, al menos para quien ceda su narcisismo antropológico y aspire a contribuir a la prevención de horrores futuros.

No se trata de comparar nada del presente con esa atrocidad, sino de mirarla como horror del pasado, pero no por ninguna vocación masoquista, sino para intentar descubrir qué semillas de crimen puede haber en el presente en miras al futuro. Esas semillas, por fortuna, pocas veces germinan del todo, pero nunca sabemos cuándo hallan terreno fértil.

Hoy hay muchas amenazas para la humanidad, desde destrucción socioambiental hasta producción de virus en serie, desde manipulaciones genéticas hasta productos de ingeniería artificial, desde financiarización extrema de la economía hasta destrucción de los más elementales principios democráticos y, en muchas de ellas vienen envueltas semillas semejantes a las del pasado.

Escrutar el patrimonio cultural negativo de la humanidad en esta hora, y dentro de él la experiencia terrorífica del nazismo, es absolutamente inevitable, como fuente inagotable de advertencias para el futuro.

Como todo genocidio, el dolor es absoluta e innegablemente patrimonio exclusivo de las víctimas, pero la atrocidad con todos sus caracteres lo es de la humanidad toda, fundamentalmente, no lo olvidemos, porque lo hicieron seres humanos como nosotros, que ni siquiera fueron los asesinos colonizadores que mataban a otros seres humanos más ricos en melanina y que vivían en lugares distantes e ignotos, hablaban otro idioma y tenían otras costumbres, sino que lo hicieron con los vecinos con quienes hasta poco antes departían.

Raúl Zaffaroni* para La tecl@eñe

La tecl@eñe. Buenos Aires, 18 de junio de 2020

* Eugenio Raúl Zaffaroni es abogado y escribano argentino graduado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en 1962, doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad Nacional del Litoral (1964), y ministro de la Corte Suprema de Justicia de su país desde 2003, hasta el 2014 cuando presentó su renuncia por haber llegado a la edad límite que fija la Constitución. Actual Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos

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