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17 septembre 2003

Dios, dioses y diosecitos : Una reflexión sobre la noción de autoridad en América Latina

par Carolina Ortiz Ricaurte

 

Cronicón

Los conquistadores españoles llegaron al territorio amerindio con la divisa imperial : "un Imperio, una lengua, una religión". En ese territorio que hoy se llama América Latina, había una diversidad de culturas y de lenguas increíble, y los indios, despojados de su tierra, y de su patrimonio lingüístico y cultural, humillados y ofendidos, a duras penas entendían la diferencia entre el Rey Soberano, invisible, poderoso, totalizador, totalizante, déspota, y que no podían conocer, con el Dios que les presentaban como omnipotente, omnipresente, omnisciente, todopoderoso, inefable e incomprensible para la mente humana. Sus designios, tanto los del Soberano Rey, como los del Dios Soberano, que casi siempre eran de consecuencias fatales para ellos, debían ser aceptados con resignación, con sumisión y respeto. Pero esos que enseñaban a respetar no respetaron nunca. Los aborígenes a quienes les estaban hablando en una lengua extranjera no podían comprender conceptos como Soberanía, Poder, Rey, Dios, crucifixión.

De hecho el Dios de la cristiandad imperial, es sobre todo el Dios de Job. El Dios que castiga sin piedad para ponernos a prueba, pero al contrario del de Job, quien cuestionaba a Dios y sus pruebas, el Dios imperial no puede ser cuestionado, es infalible.

La confusión entre la autoridad de Dios y la autoridad del Soberano, muy explicable en la época de la conquista, porque eran dos entidades igualmente ininteligibles, misteriosas, poderosas y violentas, se ha transmitido en la tradición popular hasta nuestros días. La autoridad terrenal es vivida como la autoridad de Dios, incuestionable, inevitable, necesaria, fatal.

Nadie cuestiona a Dios, aunque el malestar sea insoportable, ya que Él es infinitamente bueno e infinitamente justo. El infortunio es producto de la fatalidad.

Hemos integrado en nuestro ser de tal manera la humillación, que aceptamos nuestras desgracias hasta los niveles más increíbles de la resistencia humana. Creemos a ciegas en el poder de Dios para castigar y para premiar. Esperamos siempre que nos va a hacer el "milagrito" para curarnos, sacarnos de la desdicha, sacarnos de la pobreza, darnos éxito, conseguir la paz, etc., pero nunca lo culpamos por nuestras enfermedades incurables, nuestra pobreza de marras, nuestra mala suerte, las catástrofes naturales. Y si lo culpamos, si osamos culparlo, nos resignamos. Hacemos gala de una gran abnegación. No podemos olvidar que Dios mismo es víctima de su abnegación, hasta el extremo de sacrificar a su propio hijo para redimir a los hombres.
Frente a Dios y sus designios no hay escape posible. La inteligencia está sujeta a los dictados de la divinidad. Ni siquiera somos capaces de blasfemar.
La blasfemia es la catarsis de la mayoría de los pueblos católicos frente al poder ilimitado de Dios. Pero los latinoamericanos no blasfemamos, no conocemos la blasfemia ; inclusive contamos con prudencia los chistes que se relacionan con Dios, porque nos sentimos pecadores al reírnos de Él.

La abnegación como característica de la religiosidad cristiana, se proyecta, reproduce y expande frente a cualquier tipo de autoridad, que se asume como suprema, inevitable e incuestionable, en todas las esferas de la sociedad. Toda autoridad se convierte en una divinidad, y toda persona que ejerce algún poder, por pequeño que sea, lo ejerce como si fuera un dios o diosecito, con una altivez y un desprecio hacia sus "inferiores" que llegan a ser degradantes, pero que son mantenidos vivos por la sujeción y el sometimiento del dominado.
En el juego de los niños, el líder es humillante y déspota, en la familia, la autoridad del padre se vuelve incuestionable, y cualquier jefecito de cualquier cantidad de personas, así sea una sola, asume su autoridad con desprecio hacia su subordinado. Semejante relación no puede generar sino odio.

En el plano político le entregamos el poder a unos pocos (en un juego dizque democrático) y nos sometemos sin cuestionar a su mando esperando que nos haga el "milagrito" de arreglarlo todo, de darnos la paz, de ofrecernos bienestar económico y social. De ahí que se reduce a la mínima expresión la oposición y el osado que la expresa es considerado como un blasfemo o un delincuente y puede morir ajusticiado.

Nuestra educación nos conduce a la obediencia esmerada a los superiores, al respeto y la adulación de todos los que detentan poder. Sobre esta premisa se basa la educación primaria impartida por el Estado, y recibida por las clases menos favorecidas.

Es tan interiorizada esta sumisión, que se le responde a cualquier persona "a sus órdenes, o "a la orden" cuando le dan las gracias, expresión derivada de la autoridad militar.

Por otra parte, las clases dominantes son educadas (en colegios privados) con disposición a la arrogancia y al desprecio de los inferiores jerárquicos y, en general, de todos los que están privados de fuerza o de poder. Sin embargo su educación en la cristiandad los hace también seres humillados frente a un poder superior en la jerarquía social. Arrogantes con los inferiores y abyectos y conformes con los superiores Es por eso que vemos a muchos de nuestros presidentes completamente sumisos ante los gobiernos norteamericanos.

Yves Moñino me sugiere al oído que debo también señalar una característica consubstancial a todas las variedades del cristianismo. Además de tener la certeza de detentar la Verdad (pues procede de una revelación divina) y de identificarse al Bien, el ideal cristiano es el de eliminar el Mal. Esta cosmovisión de erradicación del Mal es implícita en cualquier occidental, bien sea cristiano, islámico o aun marxista, pero parece incomprensible en la mayoría de las culturas tradicionales del mundo, tanto africanas, asiáticas como amerindias.

En China por ejemplo, el Bien y el Mal son principios tan necesarios uno como otro a la unidad del mundo ; la eliminación del Mal sería un absurdo, sólo lo tenemos que aprender a controlar y negociar con él en nosotros mismos y en los demás.

En Europa, acabaron al menos aprendiendo a discutir y componer con el Mal, ya no suprimiéndolo de un tacazo. Pero en Latinoamérica, seguimos (no la jerarquía de la Iglesia, que se modernizó, sino la mayoría de los actores sociales), con la mentalidad de la Contrarreforma, el Mal no se discute, se elimina a golpes y balas. Y también, para ser justos, allá en las oficinas de Bush, con la mentalidad de los predicadores protestantes del siglo XV, tan arrogantes como incultos.

De la conjunción del cristianismo intolerante, que cree que lo que no puede dejarse convertir debe ser eliminado, con la representación del poder como ilimitado, nace el hecho de que la violencia es el único modo de tratar los conflictos. Eso por parte de cualquiera que detente un poder, ya sea político, social, económico o militar, hace que el diálogo sea imposible.

Los latinoamericanos tenemos una visión pesimista de la historia y del mundo, producto del autodesprecio cultural, pero también origen del mismo ;
no hemos logrado orientar nuestras energías y experiencias para hacer nacer una nueva civilización : una nueva cultura diversa y múltiple, una nueva sociedad, en la que haya espacios para la convivencia, el diálogo y la tolerancia.

Carolina Ortiz

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